sábado, 30 de octubre de 2021

TOMAR LA ÉTICA EN SERIO

 

En octubre del año 2018 fue aprobada en el Congreso de los Diputados por unanimidad (milagro político) una proposición no de ley por la cual se reforzaba la presencia de la asignatura de Filosofía en la enseñanza secundaria. En concreto, la proposición que aprobaron por consenso (nuevo milagro) todos los grupos políticos que formaban parte de la Comisión de Educación y Formación Profesional solicitaba que Filosofía e Historia de la Filosofía se convirtieran en materias comunes y obligatorias en el Bachillerato y que la asignatura de Ética (todas ellas eliminadas parcialmente en la actual LOMCE) se incorporase como asignatura común y obligatoria en 4º de la ESO. El objetivo consistía en incluir un ciclo formativo en Filosofía secuenciado de forma coherente y cronológica durante los últimos tres cursos de la Secundaria, de forma análoga a lo que sucede en otras materias. 

Lamentablemente, en el anteproyecto de reforma de la LOMCE que el Ministerio de Educación ha hecho público recientemente, desaparece la Ética como asignatura común y obligatoria en 4º de la ESO incumpliendo el pacto educativo previo y el acuerdo político que había decidido incorporar dicho ciclo educativo de Filosofía y homologando (asimétricamente, eso sí) a la Filosofía con el resto de las materias comunes y obligatorias. Y obviando, como si fuera un asunto menor, la presión y el consenso social que reconocía la necesidad de elevar el status académico de dicha disciplina.

        Una vez más, un gobierno vuelve a instrumentalizar la Filosofía por su carga moral e interpretativa y, lo que es peor, tal vez porque en el fondo realmente no le preocupe la formación integral de los futuros ciudadanos. Porque recuperar la Ética como asignatura obligatoria en 4º de ESO, más que algo aceptable, debiera ser una prioridad en una sociedad sumergida hasta las cejas en la corrupción.

        Decía John Stuart Mill (un filósofo del siglo XIX nada transgresor, por cierto) que el objetivo prioritario de todo sistema educativo democrático debiera ser el de construir una ciudadanía con capacidad crítica y autónoma. Y que era el Estado el responsable máximo ofreciendo los recursos necesarios e imprescindibles para que la ciudadanía pudiera alcanzar un nivel, al menos suficiente, de formación moral y crítica que le facilitara la vida en una sociedad plural y libre.

        En el siglo XXI, ese requerimiento de Mill se torna en exigencia. Y esto es debido a que resulta cuanto menos deficiente pensar que el alumnado carezca de recursos para analizar críticamente la dimensión del ser humano, el problema de la libertad, las diferencias entre moral-legalidad-política, la relevancia de la ética pública y la integridad personal, los desafíos que presentan la sociedad de la información en la era digital, los avances tecnológicos o la gestión responsable de la identidad virtual y de la interacción social, por ejemplo.

        La formación en valores cívicos y constitucionales es necesaria y la “ciudadanización” de la Ética o la Filosofía (versión LOE de Zapatero) no debe entrar en colisión con la implementación de la Ética como disciplina fundamental de la cultura occidental. Se puede aceptar a regañadientes que la Ética se convierta, en el mejor de los casos, en un apéndice curricular insignificante de una hora semanal en un único curso de la ESO. Lo inaceptable es su supresión total. Un gobierno que lleva a cabo semejante dislate, además de romper un consenso unánime, demuestra ser un gobierno irresponsable.

(Artículo publicado en "El Progreso" el 16 de Febrero de 2019)

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