miércoles, 14 de mayo de 2014

ARISTÓTELES, ADAM SMITH Y EL PODER DEL DINERO


En el debate llevado a cabo en la Grecia antigua sobre las condiciones de la buena vida, ningún filósofo destacado identificaba el éxito personal y colectivo con el acopio de las riquezas materiales. En la República de Platón sólo los artesanos trabajarían con el fin de acumular bienes y abastecer a la polis, mientras que tanto a los guardianes como a los gobernantes se les negaba la propiedad privada. En realidad, Platón entendía que los gobernantes serían los encargados de dirigir la polis con justicia y sabiduría si se encontraban libres del efecto corruptor del dinero.
Por supuesto, esta propuesta utópica no salió adelante de la manera prevista por Platón y ni siquiera su discípulo Aristóteles la apoyó. Este último, coherente con su distinción entre el sentimiento natural del amor hacia uno mismo y el egoísmo, defendía en su Política la necesidad de conseguir los medios de vida necesarios para satisfacer las necesidades supervivenciales (economía doméstica) frente a la antinatural y deshumanizadora acumulación ilimitada de riquezas y la adquisición del dinero por el dinero mismo.
En el libro La Riqueza de las Naciones, Adam Smith sostenía la tesis de que la riqueza en una economía de mercado consistía en superar a la competencia con el fin de satisfacer los deseos de los consumidores y justificaba las desigualdades resultantes de la persecución de la riqueza bajo un sistema de libre empresa. Smith defendía el afán por acumular propiedades y dinero junto con los placeres egoístas que generaban tal provisión, siendo la libertad irrestricta del mercado (el "laissez faire" liberal) junto con la "mano invisible" los pilares esenciales del funcionamiento de la economía y del mantenimiento de la orden social.
Dejando Platón al margen, el enfoque aristotélico es excelente, salvo que hoy en día los especuladores demuestran ser más poderosos que la buena intención de Aristóteles quien, basándose en criterios de proporcionalidad, prudencia y justicia distributiva, proponía que el capital estuviera al servicio del hombre y no al revés. Con otras palabras: en el universo filosófico aristotélico se definía la vida (humana) en términos de lo que las personas son y hacen y no de lo que tienen por lo que la riqueza no era, precisamente, el bien que el hombre debía buscar sino un mero instrumento -en último caso- para conseguir otros fines más elevados.
Puesto que el mundo económico tuvo más en consideración a Smith que la Aristóteles, no podemos sorprendernos de las consecuencias perversas de dicha elección. Al entender que la eficiencia económica puede cimentarse sobre el egoísmo humano y el interés propio, además de las desigualdades sociales nos encontramos con lo que Ignacio Ramonet denominó la "práctica (ya banalizada) de la corrupción global de dimensión estructural", es decir, la corrupción y la actividad delictiva global como cimiento fundamental del capitalismo. Y así estamos. Mientras, Aristóteles ni está ni se le espera.
 
(Artículo publicado en "El Progreso" el día 10-IV-2014. Traducción al castellano)