domingo, 22 de marzo de 2015

DISTOPÍA NEOLIBERAL

“DISTOPÍA NEOLIBERAL”
O voo da curuxa”

Elías Pérez Sánchez, Grupo Doxa de Filosofía

(Artículo publicado el 14 de febrero en "El Progreso" y traducido al castellano)


Durante el Renacimiento se produjo un florecimiento espectacular del pensamiento utópico, en cierta medida recuperando el ideal platónico dibujado en su República, que no era otro que la búsqueda de un estado justo en el que prevaleciera el interés común en detrimento del individual. Moro, Bacon y Campanella intentaron describir sociedades inexistentes, perfectamente organizadas en las cuales no se daban las lacras e injusticias del mundo en el que vivían. Las utopías del Renacimiento mostraban sistemas políticos diversos, desde la democracia representativa en Moro hasta una suerte de autoritarismo tecnicista y esotérico en Bacon, pasando por un modelo casi teocrático en Campanella. Con todo eran, por así decirlo, “fantasías del bien”, narraciones que transmitían un optimismo cegador sobre el respeto por el bien común y por el humanismo social rechazando las imperfecciones del mundo real y ofreciendo nuevas cosmovisiones.
“Distopía” es el término comúnmente utilizado como antónimo de “utopía” y ha sido ya desde finales del siglo XIX uno de los subgéneros más ubicuos de la ciencia ficción. Una de las más conocidas es, sin duda, “1984” en la que George Orwell nos advertía del grado de degeneración que es capaz de alcanzar el ser humano  si no se le pusiera remedio. Parece que fue el filósofo liberal J. Stuart Mill quien en 1868 utilizó por primera vez el término “distopía”, al menos en el ámbito político, durante un discurso pronunciado ante la Cámara de los Comunes en el que denunciaba la política de tierras (“The Irish Land Question”) llevada a cabo por el Gobierno inglés en Irlanda. Dicha política, decía Mill, podría elogiarse como utópica si fuera demasiado buena para ser practicaba, no obstante, al ser demasiado mala, ruin e indeseable (implicaba la opresión del Estado sobre la libertad individual), era más conveniente considerarla como distópica o cacotópica.
La anécdota de Mill y las connotaciones que sugiere el término “distopía” nos indican que tanto utopía como distopía representan dos caras de una misma realidad: si la utopía nos sugiere una sociedad ideal, la distopía sería una utopía invertida (“la fantasía del mal”) que representaría la miseria y el sufrimiento de una sociedad aberrante y anómala tanto social como políticamente.

Es cierto que la distopía posee una naturaleza irreal o  imaginaria (“1984”, “Un mundo feliz” serían buenos ejemplos de ello), no obstante goza también de una naturaleza real cuando el término es utilizado para describir sociedades con existencia verdadera en las que la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad justa e ideal. Y eso es lo que ocurre en la actualidad: estamos sumidos en un contexto social y político marcado por el neoliberalismo y el capitalismo “a cara descubierta” (una ortodoxa distopía del libre mercado) alejado del tradicional acompañante democrático-liberal que supuestamente lo humanizaba y que hace que la vida real resulte deteriorada, inquietantemente inhóspita y escasamente edificante.