lunes, 11 de marzo de 2013

EL FESTÍN DE LA CRUELDAD


El frío y el hambre no han desaparecido. La injusticia y la explotación tampoco. Y la historia salvaje y violenta de la humanidad nos hace pensar a menudo, como decía el filósofo Jonathan Glover, que el ser humano debe ser comprendido en un contexto de amor a la crueldad cuyo atractivo psicológico es difícilmente explicable. En su libro Humanity: A Moral History of the Twentieth Century describió y analizó infinidad de atrocidades llevadas a cabo en el último siglo concluyendo que el siglo XX fue el más sangriento y vergonzoso de la historia de la humanidad. Buscar un entorno social y moral decente para prevenir tantas atrocidades en el futuro era, para este autor, un reto inexcusable.
Debemos admitir que la naturaleza humana tiene un lado oscuro y destructivo inquietante que nos hace responsables o cómplices (también por omisión) de las atrocidades que se llevan a cabo en la sociedad actual. Y parece difícil eludir semejante evidencia. La crueldad aumenta paralelamente al avance del tiempo, de la ciencia y del conocimiento humano en general. Nos hacemos cada vez más sofisticados y sutiles desplegando la brutalidad y desocupándonos de los demás, sobre todo, de los más vulnerables. Por otra parte, si el respeto y la tolerancia (esos logros ilustrados) tendrían que facilitar una convivencia humana pacífica y educada, nos encontramos con que el ejercicio social de los mismos conlleva muchas veces prácticas intolerantes e irrespetuosas. Y esto parece contradictorio. Y lo es si no se impide a los intolerantes e irrespetuosos ser interlocutores legítimos. Impedimento necesario (que no atenta, precisamente, contra tales valores) si queremos preservar ese bien tan deseable y deseado como es la tolerancia. Y como es el respeto.
¿Cabe imaginar una sociedad feliz? Cuesta esfuerzo sobre todo por el empeño que pone algunos en conseguir el contrario. El abandono político y diplomático por parte de Occidente en el conflicto actual de Siria y que ha generado más de setenta mil muertes desde su inicio, la violencia de género persistente en nuestro país y los suicidios consumados fruto de unas leyes injustas e intransigentes que regulan los desahucios son algunos ejemplos que muestran el grado de crueldad que sigue manteniendo en sus genes el ser humano. Por acción o por omisión. Porque las omisiones o inacciones son, en grado sumo, también conductas responsables. Los filósofos de la moral anglosajones lo llamaban "responsabilidad negativa" al ser incapaces de colaborar activamente en la supresión del hambre, del sufrimiento, de la pobreza y de la injusticia en el mundo ofreciendo para eso un esfuerzo cuantitativamente insustancial que podría generar beneficios cualitativamente significativos.
No obstante, lo peor del todo es la indiferencia y la ausencia de empatía hacia los demás, hacia los diferentes y los vulnerables. La sociedad observa impasible, casi de una manera glacial, el sufrimiento y las muertes, siempre gratuitas de aquellos que están viviendo una "vida desnuda", como diría Giorgio Agamben. Unos utilizan la indiferencia, otros las leyes, otros las pistolas o las navajas. Pero todas son armas que matan o dejan (permiten) morir. Armas, en definitiva, responsables de las vidas, de las muertes y delsufrimiento ajeno. El psicólogo y psiquiatra Simon Baron-Cohen desarrolló una teoría sobre la crueldad humana en su libro Zero Degress of Empathy: a new theory of human cruelty en el que concluye que el mal consiste precisamente en la ausencia de empatía, esa destreza básica de la comunicación interpersonal que permite comprender a nuestros semejantes. Es posible. En todo caso, generar las condiciones para mejorar la vida en la sociedad actual y fomentar la convivencia solidaria e inclusiva es un esfuerzo (un reto, decía Glover) que merece intentarse. No podemos perder la esperanza de que el final del festín de la crueldad sea posible.
(Artículo publicado en El Progreso el día 16 de Febrero de 2013)

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